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viernes, 19 de agosto de 2016

El evangelio de hoy, nos pone ante la disyuntiva de qué es lo que quiere Dios y qué es lo que queremos nosotros.





Mateo 22, 34-40
Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley? » Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas».
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“El niño con el pijama de rayas”, es una novela escrita por el irlandés John Boyne. La historia nos cuenta acerca de un niño de nueve años llamado Bruno. Él es hijo de un nazi que es enviado, como comandante, al campo de concentración de Auswitch, entonces la familia debe mudarse a dicho sitio. Aquél pequeño se siente solo y aburrido en el nuevo lugar donde vive, no hay nadie con quien pueda jugar y sólo ve soldados por todas partes. Pero Bruno, en su curiosidad, descubre que, más allá del jardín de su casa, hay una valla de alambre. Y detrás de esa valla se encuentra con un niño, vestido de igual forma que el resto de la gente del otro lado: Todos —según él— con el mismo pijama de rayas. Bruno y aquél chiquillo del otro lado de la alambrada, finalmente, entablan una amistad.

Este es el argumento de una historia inventada, pero que, teniendo en cuenta el evangelio de hoy, nos pone ante la disyuntiva de qué es lo que quiere Dios y qué es lo que queremos nosotros.

Jesús es cuestionado nuevamente por los fariseos. Esta vez quieren saber qué dice el Nazareno acerca de lo que manda Dios. Cristo, como buen judío, recita dos partes del Antiguo Testamento. El Deuteronomio que dice: “Escucha Israel, amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt 6, 4-10). Y el Levítico que prescribe: “No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lev 19, 18). Pero no está haciendo una enumeración, sino que está poniendo a la misma altura ambos mandatos. Dice que el segundo es parecido, semejante, al primero. Y me gusta pensar que, tal vez, deberíamos, confundirlos, porque así se comprende mejor qué quiere Dios y quién es él.

Todos, con verdad, decimos que conocemos el mensaje de Jesús. Un poco más, un poco menos, pero lo básico —afirmamos— lo sabemos. Sin embargo, lo que más nos sigue pesando, a la hora de vivir nuestra fe, nuestra unión con Dios, es el esquema del Antiguo Testamento. Nuestra forma religiosa de vivir sigue más unida a los diez mandamientos que a la nueva y revolucionaria propuesta de Cristo. Es la lista de mandatos la que pesamos en nuestro ser y no prestamos atención a lo más importante. Por ejemplo, en muchas ocasiones no estamos con la conciencia tranquila porque hemos faltado a misa -asociado a “santificar las fiestas”-, pero poco nos quita el sueño si, de verdad, no hemos amado a Dios. O será que tal vez pensamos que lo amamos, porque hemos cumplido con el precepto dominical.

Dice el mismo Jesús, en el Evangelio de hoy, que esta prescripción doble de amor supera a toda la ley y los profetas. Aquí está entonces la gran diferencia y la gran novedad del Mesías, con respecto a la antigua ley. Pero a pesar de ser muy claro, desde los apóstoles hasta hoy, me parece, aún seguimos en aquél esquema anterior que da tranquilidad de conciencia si se vive en la perfección de la norma antes que en la perfección del amor.

Qué es amar a Dios y al prójimo, seguramente, lo podremos entender con la propuesta de san Agustín, que dice: “Ama y haz lo que quieras; si callas, calla por amor; si gritas, grita por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor. Existe dentro de ti la raíz del amor; de dicha raíz no puede brotar sino el bien”. Y si queremos ponerlo en comparación al decálogo mosaico, deberíamos decir que, si se ama de verdad, entonces no se deshonra al padre o a la madre, no se mata, no se miente, no se roba. Vivir con la propuesta de Jesús exige una profundidad mucho mayor en el discernimiento de nuestros actos y decisiones.

Lo que pasa es que, tal vez más en esta época, hemos llegado a confundir el amor, que es y lo envuelve todo, con algunos aspectos o manifestaciones de ese amor. Es hora de pensar que, cuando hablamos de amor, estamos más allá del enamoramiento, del amor de padres a hijos, o del amor entre amigos. Esto tiene que ver con todo lo que es nuestra vida, incluso con aquello que no nos gusta.

Antes les recordaba la novela de Boyle y el niño que, sin tener los prejuicios ni el conocimiento del odio de los adultos, es capaz de vencer fronteras, alambradas, y encontrarse con “el otro”. Lo acepta, en su inocencia, tal como es, no le importa si es judío o preso. Ve al otro pibe como uno igual que él. Y esto es lo que le pasa a Jesús con nosotros. Para él somos valiosos, como somos. Así nos ama y quiere hacerse uno con nosotros, quiere vestir el mismo pijama de rayas que a veces llevamos puesto, aunque no nos demos cuenta.

Entonces, el paradigma donde tenemos que mirar, para vivir según el mensaje y la propuesta de Jesús, es su misma vida. Él no sólo nos dice el modo en que Dios nos pide que vivamos, sino que lo encarnó. Tenemos que amarnos hasta el punto de amar como el mismo Cristo nos amó. Es que el amor, bien entendido, es la capacidad de donación de sí mismo, sin esperar nada a cambio. Y cuando decimos nada, es nada. Así ama Dios. Y claro que llegar a un nivel de entrega de este tipo no es fácil, además de que no se da de una vez para siempre, sino que es progresivo. Por lo tanto, debemos crecer en el amor. Y creo que todo esto es posible, especialmente, cuando Dios habita en nosotros.

¿Por dónde empezar? Hay que hacerlo por lo más concreto que tenemos: Amar al prójimo como a uno mismo. Ahí, seguro, no nos equivocamos y sin duda, al mismo tiempo, estamos amando a Dios.

Hay que saber, que las vallas que nos impiden llegar al otro, las ponemos nosotros, las personas, no Dios.

lunes, 14 de marzo de 2016

S si queremos mantenernos en el camino de la salvación, único que nos puede llevar a la felicidad, debemos reconocer que sólo Jesús es la Luz de este mundo.

martes, 9 de febrero de 2016

El texto de hoy se centra en la unidad que debe haber entre fe y vida. Los fariseos adoptan una postura que, a la vista de los demás, aparenta fidelidad y cumplimiento a la ley, pero en realidad su corazón está lejos de Dios.

martes, 15 de diciembre de 2015


Con este evangelio, y al acercarnos cada vez más a la Navidad, Jesús nos recuerda que no basta decir "Señor, Señor", sino que debemos hacer la voluntad del Padre. 

El Evangelio de hoy
Mateo 21, 28-32

En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: "¿Qué opinan de esto? Un hombre que tenía dos hijos fue a ver al primero y le ordenó: 'Hijo, ve a trabajar hoy en la viña'. El le contestó: 'Ya voy, señor', pero no fue. El padre se dirigió al segundo y le dijo lo mismo. Este le respondió: 'No quiero ir', pero se arrepintió y fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre?" Ellos le respondieron: "El segundo".

Entonces Jesús les dijo: "Yo les aseguro que los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino de Dios. Porque vino a ustedes Juan, predicó el camino de la justicia y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas sí le creyeron; ustedes, ni siquiera después de haber visto, se han arrepentido ni han creído en él".



Reflexión del Pbro. Ernesto María Caro
Hay un dicho mexicano que dice, que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones.

Con este evangelio, y al acercarnos cada vez más a la Navidad, Jesús nos recuerda que no basta decir "Señor, Señor", sino que debemos hacer la voluntad del Padre. Creer en Jesús implica responder a las exigencias del evangelio. Asistir a misa, rezar, confesarse es algo muy bueno, pero no agota la existencia cristiana.

Decirle a Jesús que "sí", implica comprometerse a hacer lo que Dios nos pide, aunque esto, como en el caso de María, no siempre sea fácil. Por ello, no basta leer la Biblia, es necesario poner todo nuestro esfuerzo en hacerla vida; Dios hará el resto.

Permite que el amor de Dios llene hoy tu vida. Ábrele tu corazón.
Como María, todo por Jesús y para Jesús.

Meditación Por 

Mt. 21, 23-27: en la vida podemos caer en dos actitudes: “el autoritarismo salvador” o “la autoridad regeneracional”.

1) El autoritarismo salvador: es el punto donde vos te pones como el centro y eje de todo, el “yo mando aqui”.

Llegas a ver que tu familia se convierte en tus empleados. Me siento la esperanza de los otros y todo lo reduzco a tomas de decisiones que pasan por mi. Es una mezcla de egocentrismo con falta de vida espiritual. No sabe delegar.

2) Autoridad regeneracional: asume su función pero busca delegar. Trabaja en equipo y se siente un equipo. Implica humildad y diálogo. Utiliza las palabras: perdon, permiso y gracias.

lunes, 14 de diciembre de 2015

 Del mismo modo que un hombre del mundo utiliza la imaginación al servicio de sus intereses, los cristianos hemos de emplear nuestros talentos al servicio de Dios y del Evangelio.

lunes, 26 de octubre de 2015

Esta palabra de Dios nos debería ayudar a examinar nuestra vivencia religiosa y descubrir si realmente las mediaciones que utilizamos nos ponen en comunicación con Dios y con la vida.

viernes, 23 de octubre de 2015

Somos muy inteligentes para conocer hasta los más recónditos misterios de la ciencia, pero muchas veces nos pasa desapercibido el Dios del amor, que día a día, nos da muestras de su presencia entre nosotros y nos invita a vivir en él.

martes, 3 de marzo de 2015

El Evangelio de hoy
Mateo 23, 1-12

En aquel tiempo, Jesús dijo a las multitudes y a sus discípulos: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y fariseos. Hagan, pues, todo lo que les digan, pero no imiten sus obras, porque dicen una cosa y hacen otra. Hacen fardos muy pesados y difíciles de llevar y los echan sobre las espaldas de los hombres, pero ellos ni con el dedo los quieren mover. Todo lo hacen para que los vea la gente. Ensanchan las filacterias y las franjas del manto; les agrada ocupar los primeros lugares en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; les gusta que los saluden en las plazas y que la gente los llame 'maestros'.

Ustedes, en cambio, no dejen que los llamen 'maestros', porque no tienen más que un Maestro y todos ustedes son hermanos. A ningún hombre sobre la tierra lo llamen 'padre', porque el Padre de ustedes es sólo el Padre celestial. No se dejen llamar 'guías', porque el guía de ustedes es solamente Cristo. Que el mayor de entre ustedes sea su servidor, porque el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido».

Reflexión
Aunque este evangelio está referido especialmente a los líderes religiosos (sean o no clérigos), no podemos negar que presenta la realidad de la soberbia que existe en todos nosotros.

O, ¿quién podría negar, que cuando se presenta la ocasión, no busca tomar los puestos de honor, que su nombre esté entre luces de colores, que toda la gente hable de él, ser la estrella de su propia película? Sobre todo, esto ocurre en aquellos a los que Dios ha puesto al frente de cualquier grupo humano, desde el padre de familia, hasta el ejecutivo; el político y el sacerdote.

Se nos olvida con frecuencia que nuestra vida cristiana se manifiesta en la humildad, que el único importante en toda conversación es Cristo, que Él es el único que merece el poder, el honor y la gloria, y que el elemento que plenifica nuestra vida, es el servicio. Entrenémonos en nuestra vida tomando los últimos lugares, dándole el lugar de honor en nuestra vida a Cristo y sirviendo con alegría a los demás.

Permite que el amor de Dios llene hoy tu vida. Ábrele tu corazón.
Como María, todo por Jesús y para Jesús.
Pbro. Ernesto María Caro

lunes, 16 de febrero de 2015

El Evangelio de hoy
Marcos 8, 11-13

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los fariseos y se pusieron a discutir con él, y para ponerlo a prueba, le pedían una señal del cielo. Jesús suspiró profundamente y dijo: "¿Por qué esta gente busca una señal? Les aseguro que a esta gente no se le dará ninguna señal".

Entonces los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla.

Reflexión
Una de las ideas del fariseísmo era que esperaban un Mesías "triunfalista", en donde los milagros no fueran el signo de la liberación del hombre del pecado, del dolor y de la angustia, sino el signo del poder de Dios sobre sus enemigos.

Por ello, San Marcos tiene siempre presente en su evangelio ofrecernos la correcta imagen de Jesús. Los fariseos quieren una señal prodigiosa. El problema es que ya se les ha dado, pero no la han reconocido. Esta actitud se mantiene aún en muchos cristianos, que continúan buscando un "súper Mesías" que sea capaz de cumplir todos sus caprichos. Un Mesías que les resuelva la vida a base de milagros y hechos prodigiosos. Son hermanos que siempre andan a la caza de milagros, de apariciones, de todo lo que suena a "extraordinario".

Debemos recordar que nuestro Mesías, Jesús, el Hijo de Dios, se manifiesta de manera discreta en medio de nuestra vida y que ha escogido precisamente lo débil para confundir a los poderosos. ¿Seremos todavía de los que piden a Jesús una señal para creer o para amarlo?

Permite que el amor de Dios llene hoy tu vida. Ábrele tu corazón.
Como María, todo por Jesús y para Jesús.
Pbro. Ernesto María Caro

Reflexion para el ambiente laboral

A veces tambien nos resistimos a creer en la gente, en los compañeros de trabajo, en los jefes, porque decimos "lo conozco, no espero nada bueno de el".
Y si bien hay muchos que dan señales de no cambiar más,  Cristo en cambio "no esperes siempre la señal"  y tambien nos dice "no tengas miedo" .
Asi que nos anima a confiar de manera inteligente, atenta pero siempre reservando una pequeña cuota de confianza dado que "ninguna oveja esta perdida" para El.

Dios nos bendiga.
Hugo Molinas
Catequista y Coach católico

martes, 10 de febrero de 2015

El Evangelio de hoy
Marcos 7, 1-13

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén. Viendo que algunos de los discípulos de Jesús comían con las manos impuras, es decir, sin habérselas lavado, los fariseos y los escribas le preguntaron: "¿Por qué tus discípulos comen con manos impuras y no siguen la tradición de nuestros mayores?" (Los fariseos y los judíos, en general, no comen sin lavarse antes las manos hasta el codo, siguiendo la tradición de sus mayores; al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones, y observan muchas otras cosas por tradición, como purificar los vasos, las jarras y las ollas).

Jesús les contestó: "¡Qué bien profetizó Isaías sobre ustedes, hipócritas, cuando escribió: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. Es inútil el culto que me rinden, porque enseñan doctrinas que no son sino preceptos humanos. Ustedes dejan a un lado el mandamiento de Dios, para aferrarse a las tradiciones de los hombres".

Después añadió: "De veras son ustedes muy hábiles para violar el mandamiento de Dios y conservar su tradición. Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre. El que maldiga a su padre o a su madre, morirá. Pero ustedes dicen: ‘Si uno dice a su padre o a su madre: Todo aquello con que yo te podría ayudar es corbán (es decir, ofrenda para el templo), ya no puede hacer nada por su padre o por su madre‘. Así anulan la palabra de Dios con esa tradición que se han transmitido. Y hacen muchas cosas semejantes a ésta".

Reflexión
El texto de hoy se centra en la unidad que debe haber entre fe y vida. Los fariseos adoptan una postura que, a la vista de los demás, aparenta fidelidad y cumplimiento a la ley, pero en realidad su corazón está lejos de Dios.

Y esta es la triste realidad de muchos cristianos que aparentan ser fieles cumplidores de la ley; van a misa los domingos, en las asambleas de oración hacen largas oraciones, se encargan de recoger la limosna en la misa, cumplen con lo marcado con la ley; sin embargo, en sus casas son déspotas, intransigentes, criticones y malcriados, asisten a espectáculos inconvenientes. Dice el Señor: "Este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí".

Es necesario que volvamos a unir la fe y la vida. Que sin dejar de hacer lo que la ley nos invita a hacer, no sea una práctica externa sino el resultado de la relación íntima y personal con Dios; que sea la manifestación externa de nuestro ser poseído por el Espíritu Santo. Pensemos por un momento ¿qué es lo que nos mueve a nuestras prácticas religiosas, la ley o el amor a Dios y a los hermanos?

Permite que el amor de Dios llene hoy tu vida. Ábrele tu corazón.
Como María, todo por Jesús y para Jesús.
Pbro. Ernesto María Caro